Los Chong Changtune: bienestar y salud en Tailandia
El sudor me cae por
todo el cuerpo a chorros. Siento la cara roja, a punto de explotarme,
pero me sigo diciendo: “aguanta un poco más, Cristina, esto es bueno para
tu salud. Estás depurando tu piel y liberando toda clase de toxinas…” Nunca
se me ha dado bien soportar el calor, tengo que reconocerlo. Si entro en una
sauna o baño turco no aguanto ni un minuto, no soporto los baños con agua muy
caliente y, aunque vivo en una de las ciudades más calurosas de España, cuando
llega el verano intento pasar el mayor número de horas posibles frente al aire
acondicionado.
Y, sin embargo, aquí me veo. Dentro de una enorme cesta a modo de jaula,
con un hervidor de agua repleto de hiervas medicinales expulsando vapor a no sé
cuántos grados de temperatura (pero son muchos, de eso estoy segura) en el
interior y con el solo respiro de un pequeño agujero por el que mi cabeza
accede al exterior. “10 minutos es suficiente”, me han dicho. Y los
10 minutos se me están haciendo años.
Las señoras que me rodean –y que me liberan del cesto/jaula
de gallinas- demuestran ser sabias conocedoras de todos los beneficios que los
elementos naturales con los que conviven pueden suponer para el ser humano. Y
yo estoy aquí, junto a un grupo de periodistas y blogueros internacionales,
para dar buena cuenta de ello. Por eso cuando nos invitan a montarnos en un original sidecar al más puro
estilo rural y nos llevan hasta un río cercano, no desconfío: sé que algo
bueno está por llegar.
Y llega. Un grupo de niñas no tarda en acercarse
ofreciéndome una especie de pareo para que me cambie de ropa. Tengo que hacer
malabarismos para deshacerme de mis pantalones, camiseta y ropa interior y
colocarme el bikini bajo esa enorme sábana que debo de dejarme también puesta
para no faltar al respeto a los allí presentes. La mayoría de los que nos
acompañan, sobre todo las mujeres, se bañan en el río vestidas con cada una de
sus prendas puestas. Los bikinis y bañadores ni se huelen por estos lares, así
que, como bien dice el refrán, donde fueres…
Con mi nuevo traje puesto, las niñas me conducen hasta la
mitad del río, donde me sientan en un pequeño banco. Comienzan entonces a untar por todo mi cuerpo una especie de
arcilla de color claro que portan en una vasija. Y el ungüento resulta
que pronto da sus resultados. Cuando unos minutos más tarde me limpian la piel,
vertiendo con sumo cuidado agua del río sobre cada parte de mi cuerpo, esta
está mucho más suave y tersa. Una terapia de estas una vez a la semana no me
vendría nada mal de vuelta a casa…
La modelo en este caso no soy yo, es Inés, de Mis Viajes por
Ahí, ¡cubierta enterita de arcilla!
Junto al lugar donde nos encontramos, en el mismo río, una
de las señoras más mayores de la comunidad permanece agachada en el suelo junto
a unas enormes hojas. Con cuidado y esmero las dobla por la mitad rodeando una
parte más rígida, construyendo, de esta manera, lo que resultan ser presas que
en época de sequía son útiles para acumular agua en el río y así almacenarla
para sus quehaceres diarios. Desde luego a los Chong Changtune no les falta
imaginación. Adaptan sus vidas a lo que la naturaleza les da y saben sacarle el
máximo partido a cada detalle. En su filosofía de vida existe una máxima que
llevan a cabo a rajatabla: todo
aquello que la naturaleza les da, deben devolvérselo de alguna forma.
Pero el disfrute no acaba ahí, qué va. Los Chong Changtune
van a lograr a este paso que me empadrone en esta pequeña comunidad y me quede
a vivir aquí el resto de mis días. ¡Qué manera de conseguir que una se relaje!
De vuelta de la excursión al río, y después de un sabroso almuerzo basado en
pollo, pescado y arroz cocinado en hoja de plátano -entre otras exquisiteces-,
llega el momento de máximo placer: tumbada sobre una tarima de bambú que se
levanta a metro y medio del suelo, recibo
uno de los mejores masajes que me han dado en mi vida.
En primer lugar, una de las señoras más mayores del grupo se
dedica durante media hora a presionar mi espalda y brazos con un paño caliente
relleno de hojas medicinales. Mis
músculos se relajan y toda yo se sume en una especie de ensoñación/trance en el que me cuesta
trabajo incluso asentir cuando me preguntan si estoy bien. Acto seguido, y sin
poder salir de mi emoción interna, son otras manos las que se posan sobre mi
cuerpo: en esta ocasión una de las
mujeres pasa a darme un masaje relajante que me deja sin palabras durante
lo que me parece, al menos, una hora más. No quepo en mí de felicidad. Mi
cabeza comienza a viajar muy lejos de allí, repaso mentalmente las imágenes
vividas en Tailandia durante los días que llevo de viaje y no recuerdo ningún
otro momento en el que me haya encontrado tan… BIEN. Creo que podría pasar por esta misma experiencia cada día de mi vida…
El día finaliza con una charla con las mujeres de la
comunidad a base de gestos, palabras sueltas en inglés y muchas sonrisas. Esa
es la clave: cuando no entiendes nada porque los idiomas impiden la
comunicación, solo hay que
proponérselo para que las conversaciones acaben surgiendo, ya sea
de una u otra manera. Una peculiar musiquita comienza a sonar cada vez más
cerca de donde nos encontramos. Es entonces cuando los más pequeños de los
Chong Changtune corren a la puerta de entrada a la comunidad para hacer algo
que recuerdo sucedía en mi más lejana infancia: ir al encuentro del camión de los helados. Y así, con una
fotografía de grupo y un helado en la mano, le ponemos el broche final a mi
segunda experiencia ecoturista en Tailandia.
¿Qué mejor despedia
podía tener?










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